Una crisis silenciosa…
Por Nelson W. Adrian S.

1. Una profesión atrapada en su propio relato
La Kinesiología en Chile —o Terapia Física en el lenguaje internacional— enfrenta una crisis que no comenzó hoy, pero que hoy se volvió imposible de ignorar. Somos una profesión que avanzó en conocimiento, investigación y complejidad clínica, pero que sigue operando dentro de un sistema que no cambió al mismo ritmo.
La contradicción es evidente: somos mejores que nunca, pero trabajamos bajo un modelo que sigue tratándonos como si nada hubiera cambiado en los últimos 30 o más años.
Lo que vemos a diario en clínicas, hospitales y consultas privadas no es un problema aislado, sino la expresión de una fractura estructural: un sistema que mide productividad, no razonamiento; velocidad, no criterio; minutos, no impacto.
2. El sistema que reduce, limita y desordena
En Chile, el kinesiólogo suele ser visto como un operador de rendimiento: listas de espera infinitas, tiempos clínicos estrechos, atención en cadena, honorarios bajos, presión por “sacar pacientes”.
Este contexto empuja —incluso a profesionales talentosos— hacia una práctica repetitiva, automática y superficial.
No por falta de vocación ni deseo de hacer las cosas bien, sino porque el entorno no permite otra cosa.
Y sin embargo, todos lo sabemos: ninguna práctica clínica puede sostener profundidad si lo único que se valora es la cantidad.
3. La otra mitad del problema: la formación que no acompañó el siglo XXI
Pero sería demasiado fácil culpar solo al sistema.
La formación profesional también tiene responsabilidad.
Durante más de una década, Chile expandió su oferta de Kinesiología sin evaluar con rigor la calidad, ni la capacidad del sistema de absorber a tantos nuevos profesionales.
Hoy existen mallas heterogéneas, criterios dispares y una base educacional frágil, en un país donde muchos estudiantes llegan a la educación superior con dificultades reales de comprensión lectora, pensamiento crítico y habilidades numéricas.
Es injusto pedir razonamiento clínico complejo cuando el sistema formativo no lo prioriza, no lo entrena o simplemente no lo evalúa.
4. Identidad profesional: el vacío que nadie quiso mirar
A diferencia de otras disciplinas de la salud, la Kinesiología nunca logró consolidar una identidad unificada.
Cada escuela enseña un relato distinto.
Cada generación aprende una versión diferente de quiénes somos.
Y cuando no hay identidad, ocurre lo inevitable:
otros definen por nosotros.
De ahí nacen percepciones reducidas —“los del ejercicio”, “los de los masajes”, “los que aplican máquinas”— que no reflejan ni el potencial real de la profesión ni el nivel de complejidad que exige la evidencia moderna.
5. Técnicas, modas y la ilusión de que “la técnica define al clínico”
En ausencia de identidad, muchos kinesiólogos buscaron refugio en métodos, herramientas o certificaciones que prometían respuestas simples a problemas complejos.
Lo vimos durante años: kinesiotape, Mulligan, Kaltenborn, punción seca, electrólisis, “alineaciones”, “activaciones”.
Herramientas válidas en ciertos contextos, pero nunca una identidad.
Cuando una técnica se convierte en apellido profesional, la profesión se fragmenta.
6. Lo que podríamos ser
La Terapia Física contemporánea no es una colección de técnicas, y mucho menos una identidad definida por herramientas.
Es una disciplina cognitiva, científica y humana, que requiere:
- razonamiento clínico avanzado
- neurociencia del dolor
- comunicación terapéutica
- toma de decisiones compartidas
- comprensión del comportamiento
- planificación basada en evidencia
- integración tecnológica
- lectura crítica del contexto
Eso somos.
O eso deberíamos ser.
7. El futuro exige coraje
Chile tiene kinesiólogos excepcionales, universidades con potencial, evidencia abundante y tecnologías accesibles.
Pero nada de eso basta si seguimos atrapados en un modelo que reduce, precariza y confunde.
La pregunta no es si debemos cambiar.
La pregunta es si tendremos el coraje profesional de hacerlo antes de que el sistema decida por nosotros.
8. Cierre
La Kinesiología en Chile no está fallando por falta de talento.
Está fallando porque sigue operando bajo un modelo —formativo, cultural y sanitario— que ya no sirve para la profesión que somos ni para la que queremos construir.
Este es el inicio de una conversación necesaria.
Y también, el comienzo de Entropía Clínica.


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